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Una sombra negra

Despierta. Despierta, entre sudor y lágrimas. Todo es oscuridad. Sus ojos empapados no le permiten ver. ¿Dónde está? ¿Será que el desapareció? No, sus nervios, las manos temblorosas y su corazón agitado le dicen que no. Intenta tantear para conseguir la luz, no. La luz no está.  Su mesilla de noche tampoco. Sus ojos parpadean continuamente para intentar ver. Mientras intenta adaptarse a la oscuridad, se da cuenta que está dentro de ella.

El viento le pone la piel de gallina, se voltea a ver, las nubes. No es su habitación, ¿dónde está el? Se pone de pie, se seca las lágrimas y ve alrededor. Nubes, estas tienen forma de calavera, son enormes. Ella camina, con su camisón color blanco, con los pies descalzos siente la grama. Húmeda con el roció. Esta sensación se le introduce entre los dedos. El viento le indica que empezará a llover. Siente su olor, así que, ella, comienza a correr.

Él empieza a susurrarle con el viento, de que no podrá escapar. Ella corre, sin saber cuál es el rumbo correcto y como salir de allí. Él se presenta en forma de neblina negra, atrás de ella, estira y la hace caer.

Ella se aferra a humedad de la grama, empieza a gritar con desesperación, quiere alejarse. No quiere que Él la toque, no quiere volver a sufrir. Él la jala de las piernas, ella intenta aferrarse a no salir de allí.

Cuando empieza la tormenta, él se desvanece. Ella empapada, coloca sus rodillas contra su pecho y comienza a llorar. Llora a mares, tanto que el mundo donde se encuentra empieza a llenarse de agua.

El agua ya le recorre las piernas y en algún momento estará por ahogarla. Sin embargo, escucha una voz. Y siente punzadas en el cuerpo, como que si alguien estuviese tocándola.

Ella, despierta. Ve a su madre, preocupada y en sus manos un antidepresivo para combatir los ataques de pánico y un vaso de agua.

Ochoa H.

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